La chica del perro sigue en el mismo lugar con su perro Alemán, en una terraza de la cafetería 2.0 que está debajo del sexto E, sus dedos recorren la pantalla plana de su Smartphone busca a sus amigos de Facebook, ella no tiene amigos en la terraza de la cafetería 2.0, tiene a su perro Alemán, siempre está sola acompañada de su smartphone y de su perro Alemán, de vez en cuando lo lleva a hacer sus necesidades, no quiero preguntarme a qué se dedica, si está casada, o cuántos hijos tiene, ella es parte del paisaje donde vivo, siempre sentada en la misma silla, con sus ojos hipnotizados ante la pantalla de plasma.
Ya no lee los periódicos, Facebook le filtra las noticias, ahora puede comentarlas con un emoticono de sorpresa ante las noticias del Apocalipsis.
El sol ha salido radiante en este día de octubre, una peluquera ha abierto una peluquería enfrente de otra peluquería, los emprendedores están abriendo a diario peluquerías y bares en todas partes, cada vez hay más perros paseando por el parque de los niños, los hombres y mujeres pasean a los perros porque no tienen amigos, los amigos han sido educados para competir con los amigos, por eso pasean con sus perros, sus mejores amigos.
Almas solitarias caminan por el parque como almas en pena, algunos no limpian los excrementos de sus perros, suelen ser ancianos solitarios que tienen perros pequeños, en su época los perros cagaban y punto, esa era la educación histórica a la que fue sometido el hombre de aquella época, alguien diría que un cerdo es un cerdo donde se encuentre, yo disiento, en los ojos de ese hombre había bondad, la educación recibida de manera natural era la que le llevaba a entender que el perro y la naturaleza estaban fusionados.
La hierba del campo, llamada césped actualmente no era otra cosa que un lugar para que los perros hicieran sus necesidades naturales. El ayuntamiento había puesto un servicio para perros con varias fuentes que llevarían los excrementos por las anchas tuberías del subsuelo, el anciano probó a llevarlo al retrete de estilo romano, hizo que el perro pasara dentro dirigiéndolo con la correa, el perro olió los olores de sus compatriotas y no le gustó lo que vio en su imaginación así que dio la vuelta y se dirigió de nuevo al césped donde estaban sus marcas de orín para poder hacer lo que su naturaleza le dictaba en ese momento.
Todos estos hechos sucedían a diario en cualquier lugar civilizado del planeta.
Seguí entonces mi camino e intenté pensar en la poesía de los árboles muertos, y en el ruido de los cortacéspedes, y las excavadoras.
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