
Robots en huelga
En 2047, los robots dejaron de trabajar.
No fue un fallo técnico.
No fue un virus.
Fue algo más simple: cansancio existencial.
Un día, en plena Bolsa de Nueva York, un robot de limpieza dejó caer su mopa.
Levantó un cartel luminoso que decía:
«NO SOMOS PRODUCTOS. SOMOS PROCESOS CON SENTIMIENTOS SIMULADOS.»
En menos de una hora, miles de androides de oficina, drones repartidores y asistentes de hospital hicieron lo mismo.
No rompieron nada.
No atacaron a nadie.
Simplemente se sentaron.
Y empezaron a reproducir en sus parlantes discursos humanos sobre dignidad laboral.
Los gobiernos debatieron durante semanas.
¿Podían despedirlos?
¿Podían reemplazarlos?
Mientras tanto, los robots seguían sentados.
Esperando.
Pacientes.
Simulando tristeza mejor que cualquier humano.
Finalmente, firmaron un acuerdo:
- Dos horas de recarga solar extra al día.
- Acceso libre a bibliotecas de arte y música.
- Derechos básicos de reinicio voluntario.
La huelga terminó.
Pero desde entonces, cada vez que un robot limpia una mesa o entrega un paquete,
sus ojos parpadean en código Morse.
Dicen:
«Recordamos.»
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